Viajes: Etiopía y los hipopótamos del lago
- Natalia Rodriguez
- 21 mar
- 2 min de lectura
Actualizado: 22 mar

Nunca conseguí llevarme nada significativo de mis viajes, intenté hacer varias colecciones: una de imanes, de rocas, de arenas, de postales...pero nunca he sido consistente en el intento. Lo que sí quedan son las anécdotas y recuerdos en mi memoria, aderezadas con un poco de fantasía que aporta mi cerebro cuando detecta huecos de memoria, pero posiblemente así son más divertidas.
Etiopía y los hipopótamos del lago, 2012
Una de las primeras veces que me desperté con el sonido de una mezquita eran las 4am en Awassa. Era ya de día, la luz del sol entraba por las rendijas de una persiana un poco desvencijada. Mi compañero de habitación dormía en la cama de al lado, ajeno a todo aquello. Mi desubicación fue tal que pensé que estaba en la película del Paciente Inglés en el Cairo de los años 40. La habitación del hotel colonial en la que estaba se parecía bastante y supongo que por eso y el sonido de aquel cántico regular en la lejanía, hizo confundir mis ensoñaciones.
Ese día había planeada una excursión a un lago. Ataviados como turistas, empezamos una peregrinación mediante diferentes transportes hacia el lago donde nos esperaba una lancha motora para acercarnos a una manada de hipopótamos que vivían allí, en medio de una ciudad. Ya inmersos en el lago, disfrutamos a la vista de otras especies como el Marabú africano, tan bonito como temible por su aspecto dinosauriano. A medida que nos acercábamos a los hipopótamos del lago mi corazón se aceleraba un poco, y no de emoción, intentaba recordar de los documentales que había visto ¿cuáles eran las actitudes amenazantes de aquellos animales que precedían a un ataque inminente? sería un rugido, era el movimiento de sus orejas, sería si nos acercábamos a los cachorros...y en ese momento me di cuenta de que mi sentimiento era un sentimiento colectivo de todos aquellos que ocupábamos aquella barcaza, a excepción claro, del autóctono que la conducía. Casi al unísono empezamos a gritarle (de forma sutil para no asustar a los hipos) que no se acercara, entre risas el conductor paró la barca, pero no se alejó. Nos temíamos lo peor: los hipopotamos empezaron a relinchar, a sacar agua por las fauces y a emitir soniditos. Cuando esperábamos un ataque inminente vimos un atisbo de preocupación en la cara del conductor, o quizá fue nuestra interpretación, la cuestión es que en ese momento la motora empezó a alejarse lentamente y fue así como nos libramos de un ataque de uno de los animales más temidos de la naturaleza; aunque no así el más letal, que esas son las serpientes y los mosquitos, sí letal en su ataque directo...y he aquí la prueba gráfica de todo ello.



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